Copenhague, Oslo, y Estocolmo son capitales escandinavas que comparten historia y costumbres. Cuando se tiene la oportunidad de visitarlas en un mismo “road trip,” es inevitable realizar comparaciones entre ellas. Las tres son igualmente elegantes, ordenadas, limpias, costosas y con centros históricos hermosos.
Así nos pareció Estocolmo cuando caminábamos por Drottninggatan, su calle comercial más famosa. Ya perdí la cuenta de las veces, que, desde allí, cruzamos el puente Norrbro hacia Gamla Stan. Me gustó tanto que concluí que a Gamla Stan, se debe ir más de tres veces: la primera, para enamorarse del casco antiguo y su paseo marítimo; la segunda, para detenerse a admirar sus colores y detalles; y la tercera, para hacer “fika”, una tradición social sueca de hacer una pausa diaria para tomarse un café .


Y quizás esa fue la parte que más le gustó a Marco: almorzar en Stockholms Gästabud, las tradicionales albóndigas suecas que pedimos con cidra de la región, y luego caminar sin rumbo por las calles empedradas de Gamla Stan buscando los famosos rollos de canela suecos y un buen café.



City Hall

Riddarholmen

Era casi un ritual llegar a la hermosa Plaza Stortorget, donde presenciamos la ceremonia del Cambio de la Guardia en el Palacio Real y cerca de Storkyrkan (Catedral de San Nicolás).




Nuestro último día en Estocolmo lo aprovechamos para disfrutar de su variada oferta cultural y decidimos visitar el museo de ABBA y Skansen. Este último es considerado el primer museo al aire libre en el mundo. Fue fundado en 1891 y cuenta con edificios originales que fueron trasladado de diferentes parte de Suecia para recrear cómo se vivía en las áreas rurales antes de la industrialización.









